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La otra Camy

Icodrago

Icodrago

"Nada será igual si no me miras". A Erik, con cariño

Venía conduciendo aquella noche por la avenida bajo la luz de una luna impresionante y con la música del reproductor de CDs de mi coche cortando suavemente la oscuridad. El vacío en las calles y el sonido tranquilo me trajeron el recuerdo de formas voluptuosas y colores chillones. Mi mente evocaba cada milímetro de lienzo, la voluptuosidad de las curvas, la agudeza de hojas inofensivas, de dragos en todas sus facetas y profundidades, una panorámica con nuestro drago de fondo, unas personas sentadas en el banco frente a él que al mirar fijamente te hace sentir una miopía galopante. O el llamativo drago carnavalero con una mancha redonda de color rosa fosforito muy alegre y desafinando con el entorno. A su lado un señor con cara enfurruñada miméticamente tumbado sobre las raíces del viejo drago. Pedrito pasa la yema de sus dedos a un escaso milímetro del contorno de la figura del viejo gruñón, como procurando no despertarlo para mostrarme lo que acaba de descubrir y que yo conozco desde hace mucho tiempo. Pedrito, que tiene unas nociones de arte que no coinciden con las de todo el mundo ni tienen por qué, se escandaliza de una madera con esbozos cubistas de una dracaena y de un drago oscuro con pájaros semejantes a los trazos de Miró en colores chillones que se expone a su lado. Por allí están los majestuosos dragos de Jaime, uno que flota sobre un cañaveral y otro perdido en la profundidad de marcos concéntricos, y uno de Javier Huerta rodeado de notas musicales que sirvió de cartel a los Encuentros del Drago y la rama de José Luis con un llamativo cielo amarillo y a su lado el realismo y la fuerza de una rama con esos tonos anaranjados de recién deshojada como virginal doncella. En aquel lado también un tríptico de vertiginoso ramaje. Y la callecita empedrada que pasa delante de la casa de la Inquisición sobre cuyo tejado apenas se adivinan las zarpas del legendario dragón. Dos hombres desnudos en una suave y sórdida escena de desamor bajo el drago y junto a ellos un cuerpo desnudo de mujer envuelta en una escena onírica impresionante en la que predomina otra vez el drago lejano cubierto de lo que parecen ser frases inefables. En el escenario las paces de los menceyes… o lo que queda de ella: la escena central en la que todavía permanecen los tres elementos cuya presencia es absolutamente necesaria: el drago, la muerte, el verode… y la emoción de sentir que vas a ser inmortalizada por un objetivo que te mira mientras lo observas atentamente.

 

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